Hay una escena que se repite en muchos pueblos y ciudades de Portugal, y en buena parte de la España interior, y casi nadie la fotografía. El chaval termina la carrera, la familia se reúne a cenar, el tío pregunta qué viene ahora y la respuesta llega con la maleta hecha. Lisboa. Oporto. A veces Luxemburgo, a veces Londres. La madre está orgullosa y triste en la misma frase.
¿Y el municipio? El municipio pagó el colegio, el autobús, el polideportivo, el profesor de Matemáticas que se quedaba hasta tarde. Invirtió veinte años en esa persona. Y el día en que por fin está lista para devolver algo, lo devuelve en otro sitio.
Así que pregunto, y le pido que no conteste deprisa: ¿cuántos jóvenes forma una ciudad para entregárselos después a otros lugares?
Vamos allá. La respuesta fácil es decir que falta empleo. Es verdad, pero es media verdad. Falta empleo, sí. Pero falta, sobre todo, camino. Un joven de veintitantos no se va solo porque no encontró plaza. Se va porque no ve a nadie como él construyendo algo allí. Se va porque, en su tierra, emprender parece cosa de quien ya tiene dinero, apellido o padrino. Y cuando no hay ejemplo, la maleta es la decisión más racional del mundo.
La gente es así. Nadie se queda en un sitio por un folleto. Se queda porque consigue imaginar su propia vida allí, con principio, nudo y algo que enseñar a los amigos que se marcharon.
El error de medir la inauguración
Durante mucho tiempo, y no solo en Portugal, el desarrollo local se ha medido por la inauguración. Llega el inversor, se corta la cinta, se hace la foto, se habla de puestos de trabajo. No tengo nada contra las cintas. Pero he visto suficientes negocios para saber una cosa: la inauguración es el comienzo de la auditoría, no la prueba del éxito.
Imagine la conversación un año después.
—Señor concejal, ¿la tienda sigue abierta?
—Sigue.
—¿Y quién trabaja allí?
—Gente de fuera, sobre todo. Los de aquí no tenían formación para eso.
—¿Y quién compra a los productores del municipio?
—Bueno… eso lo lleva la central.
Pues eso. La foto sigue quedando bonita en la pared del ayuntamiento. Pero lo que se quedó en el territorio fue un alquiler y media docena de contratos. La decisión, el conocimiento y el margen se fueron a vivir a otra parte.
No digo que la inversión de fuera no sirva. Sirve, y mucho. Digo que un municipio que solo sabe recibir acaba siempre dependiendo de quien da.
Escribí hace unos años que es importante saber distinguir entre empresas que crecen y empresas que se hinchan. Con los territorios pasa lo mismo. Un municipio se hincha cuando suma metros cuadrados, rotondas y anuncios sin sumar capacidad. Crece cuando cada inversión deja detrás a alguien que sabe hacer algo que antes no sabía. Lo primero es más rápido y da mejores fotos. Lo segundo es lo único que aguanta cuando el inversor cambia de idea. Y los inversores cambian de idea, amigo mío. Es su trabajo.
La receta y el pastelero
He pasado buena parte de mi vida convirtiendo negocios que funcionaban en modelos que se podían enseñar a otras personas. Tiene un nombre técnico, franquicia, y mucha gente arruga la nariz al oírlo. Piensa en centros comerciales, en logotipos, en cánones de entrada. Lo entiendo. Pero déjeme enseñarle lo que hay debajo.
Un negocio replicable es un negocio que alguien se tomó la molestia de escribir. Cómo se abre, cómo se compra, cómo se atiende, cómo se forma a la persona nueva, cómo se cierra la caja, qué se hace cuando algo sale mal. Escribí una vez que la mano del pastelero cambia, pero la receta base, la esencia, debe respetarse. Lo sigo pensando. Y añado: quien tiene la receta no necesita ser un genio para hacer un buen pastel. Necesita disciplina, alguien que le acompañe al principio y valor para ponerse el delantal.
Ahora mire a ese joven de la maleta hecha. ¿Qué le asusta de emprender? No es trabajar mucho, que esta generación trabaja, digan lo que digan. Es no saber por dónde empezar. Es tener que inventarlo todo solo, equivocarse con su propio dinero y, peor aún, con el de sus padres. Un modelo replicable le quita precisamente ese peso. No tiene que inventar la empresa. Tiene que gestionarla bien. Y gestionar bien se aprende.
En la vida real, así se hacen los empresarios. Primero se gestiona el modelo de otro. Después se entiende por qué funciona. Un día se crea el propio.
Cada tierra tiene su receta
No hay una solución para todo un país, y desconfíe de quien se la venda. Solo en el norte de Portugal, Barcelos no es Boticas y Famalicão no es Mogadouro. Un municipio con densidad industrial, muchas pymes y formación aplicada tiene una pregunta. Un territorio de montaña, con una identidad como la del Barroso y productos como su carne de raza barrosã, tiene otra, y su primera obligación es no estropear lo que ya tiene valor. Un municipio de baja densidad, con productores dispersos, necesita servicios compartidos y gente que gane escala sin tener que irse.
El trabajo serio empieza ahí: leer el territorio antes de proponerle una receta. Con datos públicos, con la gente del ayuntamiento, con los empresarios que ya están allí y a los que muchas veces nadie ha escuchado. Y con una pregunta sencilla encima de la mesa: ¿qué puede nacer aquí, escribirse aquí y crecer desde aquí hacia fuera?
Y, de paso, escuchar antes de proponer no es cortesía. Es método. Quien llega a un municipio con la solución ya hecha normalmente la trajo de otro municipio, donde tampoco sirvió.
El momento es ahora, pero no es mágico
Portugal 2030 abre un nuevo ciclo de instrumentos para el emprendimiento, el empleo y la innovación territorial. Es una ventana, y las ventanas se cierran. Pero cuidado con la tentación de siempre: diseñar el proyecto para que quepa en la convocatoria, en lugar de usar la convocatoria para servir al proyecto. El dinero público mal empleado no es solo despilfarro. Es una lección equivocada que se da a toda una generación: que emprender consiste en saber rellenar formularios. Entiéndame: no estoy en contra de los fondos. Estoy en contra de los proyectos que solo existen mientras hay fondos.
Lo que yo defiendo es menos glamuroso. Bases territoriales donde un joven encuentre tres cosas en el mismo sitio: un modelo de negocio que ya ha demostrado que funciona, formación de verdad para gestionarlo y alguien responsable de acompañar los primeros meses. Donde el productor local encuentre un cliente que compra con regularidad. Y donde el ayuntamiento pueda medir, un año después, no cuántas cintas cortó, sino cuántas empresas siguen abiertas y cuántos jóvenes dejaron de hacer la maleta.
Volviendo a la cena
Vuelvo a aquella cena familiar. No me hago ilusiones de que todos los jóvenes deban quedarse. Irse también forma, y muchos vuelven mejores. El problema no es quien se va. Es quien se va porque no tuvo elección.
Hay que hacer lo básico para llegar a lo grandioso. Y lo básico, aquí, es poco fotogénico: datos, formación, procesos y un nombre responsable de cada pieza. No da titulares. Pero es lo que hace que, dentro de diez años, el tío pregunte qué viene ahora y el sobrino responda: me quedo, que tengo una empresa que abrir.
Todos los ayuntamientos saben cuántos alumnos formaron este año. La pregunta que dejo es otra, y es más incómoda: ¿cuántos de ellos van a poder construir su vida aquí?
Lucas Atanazio Vetorasso, O Maestro, es empresario, escritor y fundador de ATNZO. Su trabajo conecta franquicia, gestión, negociación, comportamiento humano y desarrollo territorial.
